Hay que tomar conciencia, entonces, de que no somos iguales, que lo único, en lo que coincidimos, es en la existencia contundente de la diferencia. Basados en esa premisa, pedir igualdad implicaría la existencia de una “normalidad”. Normalidad que priva de libertad. Entonce, habrá que pedir, por tanto, el respeto a la “diversidad” de la que somos sujetos, ya no más igualdad ni la exigencia de esta, ya no más, basta de creer que somos una masa homogénea. Más bien habría que pedir nuestro derecho a la Desigualdad. Entender que no somos idénticos, parecidos ni semejantes, somos –y orgullosamente– distintos, con una sóla semejanza: la de ser humanos diversos. No somos uno, somos muchos, por lo tanto no puede existir una sola forma de ser si no muchas, infinitas.
Somos diferentes, aceptémoslo, respetémoslo, y luchemos porque se mantenga sin ataduras nuestro derecho a la libertad de ser.
“Si es nuestro destino vivir juntos, sabemos que infligir el dolor a través
de imposiciones unilaterales
no es una buena receta
para una amistad duradera.”
de imposiciones unilaterales
no es una buena receta
para una amistad duradera.”
Edward Kaufman

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